viernes, 4 de octubre de 2019

Día 4: Congelar

A pesar de que eran casi las tres de la madrugada y el resto de su familia estaba tranquilamente domida, Enrique no podía conciliar el sueño. Tenía horas de estar dando vueltas en la cama tratando de buscar un poco de descanso sin molestar a su esposa. La luz del reloj analógico le recordaba que cada vez tenía menos tiempo para descansar antes de alistarse para ir a trabajar. 

El problema es que Enrique no sabía si su siguiente día iba a ser su último en el trabajo. Las ideas dentro de su cabeza sonaban como un enjambre de avispas furiosas buscando cómo salir de ahí. Trató de contar ovejas y no funcionó, intentó poner su mente en blanco y parecía más como estática en un televisor malo. Era una pequeña tortura que debía de sufrir en silencio con tal de no molestar a la mujer que juró acompañarlo en lo bueno y lo malo.

Él tan sólo deseaba despertarla y contarle todo lo que aquejaba su cabeza pero sabía que podría ser la gota que derramara el vaso. Decidió que no podía estar más tiempo en la cama sin explotar, y al mejor de sus capacidades decidió caminar hacia la cocina para buscar algo que le permitiera callar los pensamientos en su cabeza. Sin dudarlo mucho agarró un paquete de cigarros de la mesa del desayunador y una botella de vino tinto para salir al patio de su casa con la esperanza de que se pudiera ver una estrella.

Enrique debido a su trabajo en una corporación trasnacional tenía un buen sueldo, el cual le permitió construir un hogar en un condominio de prestigio en la capital. La noche estaba tan callada que podía escuchar el tabaco como se quemaba poco a poco mientras inhalaba. No había necesidad de una copa para el vino porque inconscientemente sabía que iba a terminarse la botella solo. Se sentó en el piso de cerámica mientras buscaba la luna en un cielo con pocas nubes.

Por más que corriera de sus pensamientos, ellos eran más rápidos y siempre inundaban su cabeza. Su problema laboral podría convertirse en un punto de quiebre en su vida. Tan sólo quería encontrar una excusa para aplazar sus problemas pero sabía que no iba a poder escapar. Inclusive llegando a la oficina ebrio e incoherente no iba a ser una diferencia. Su destino estaba sellado y lo sabía desde que tomó la decisión de ayudar a sus jefes a ocultar el dinero de las cuentas.

Su primer cigarrillo se había terminado y antes de prender otro solo podía pensar en cómo le iba a explicar a su esposa que son años de estar cometiendo fraude fiscal o cómo explicarle a sus hijos que el dinero de su padre estaba congelado por las autoridades mientras realizaban las investigaciones. Lo peor de todo, es que el día siguiente podía ser su último día laboral, no porque lo fueran a despedir, sino porque podía ser el día en que la policía realizara un arresto y quizá no volvería a su hogar para explicar qué pasó. 

Eran meses en que silenciosamente llevaba esta carga y no podía decir una palabra a nadie. No comprendía quién era un aliado y quién era un traidor. Aquellos que ayudó durante años ahora le están dando la espalda para salvar su propio pellejo y cualquiera puede serruchar el piso en el que se encuentra con tal de obtener una reducción en su condena. Ya el vino y los cigarrillos no saben igual que antes pero se debe aprovechar todo lo posible antes de que no tenga la libertad para hacerlo.

R.A.Pastor

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