miércoles, 2 de octubre de 2019

Día 2: Mindless

Dentro de un edificio con una fachada llena de colores y con imágenes de personas llenas de felicidad y esperanza de recibir un ingreso digno por su trabajo se encuentra un laberinto de filas y columnas. Como si fuese un documento en la computadora, cada rectángulo lleno con los implementos necesarios para trabajar. Todos estructuralmente iguales, pero ninguno es igual a otro. Cada celda decorada de manera personalizada con fotos, dibujos o imágenes particulares para determinar posesión. 

Sentados en una silla ergonómicamente aceptable, se encuentran todas las personas trabajando como si fuese una colonia de hormigas del futuro. En su cuello, cada uno lleva un rectángulo de plástico con su foto y una combinación extraña de letras o números. Como si fuese un bautizo, en el momento que colocan ese rectángulo cerca de su pecho, dejan su vida anterior y abandonan sus nombres para convertirse en un número más. 

Un comportamiento muy parecido al de una secta californiana en los años sesentas, todos sienten un espíritu de pertenencia mezclado con miedo a no volver algún día. Cada persona se encuentra hipnotizada y ninguna puede despegar la mirada de la pantalla, cómo si su vida dependiese de eso. En el momento en que se sientan es cómo si la gravedad aumentara tres veces.  

¿Alguna vez han escuchado sonidos que no pertenecen al lugar donde están? Inmersos en un mar de ruido e intercambio de voces hablando por separado hay un sonido particular que parece ser extranjero pero a la vez autóctono del lugar. El ruido infecta el cuerpo y sube por la espina dorsal en forma de escalofrío, es el sonar de cadenas. ¿Pero qué hace este sonido aquí?

Cada persona es prisionera dentro de este edificio de colores. Atrapados con el falso sabor a libertad, pero es muy fácil apuntar el dedo a la gran corporación pero la realidad es que ellos no son los captores, ellos simplemente se aprovechan de la situación para generar más dinero. En cada una de las sillas se encuentra una persona encadenada a sus propios problemas económicos, vendiendo su salud mental a cambio de una riqueza digital que será sustraída al final del mes. 

¿Cuántos años de tu vida gastaste formándote para ser un profesional y lograr un título académico, sólo para terminar trabajando en un lugar que nunca fue lo que esperabas sólo para pagar las deudas estudiantiles? ¿Qué pasó con aquella pasión que te calentaba el pecho y te hacía latir el pecho más rápido? ¿Este es el trabajo que soñabas cuando eras un niño?

Estas preguntas se acumulaban dentro de la cabeza de Alex y sentía que no podía más. El ruido de personas fingiendo interés por otros, la estática tecnológica que no le importa tu día y el escalofrío generado por el sonido de cadenas imaginarias que se sentían más reales que el aire frío de la oficina, todo se juntó para crear la tormenta perfecta dentro de sus orejas. En un segundo, todo cambió. Se llegó al punto de quiebre y no había vuelta atrás.

- ¡Ya no soporto este lugar ni un minuto mas! - gritó Alex mientras se levantaba de su silla con todas las fuerzas que tenía. Trató de agarrar todas sus pertenencias con una mano mientras con la otra tiraba su rectángulo opresor. - Renuncio a esta mierda - dijo mientras caminaba hacia la salida.

En ese momento, dentro de las cuatro paredes se podía sentir como el silencio invadió el lugar y el resto de personas incrédulas no dejaban de verse entre sí, cómo si estuviesen buscando la respuesta en los ojos de sus compañeros de trabajo. Un minuto de silencio en honor a esa persona, no, a ese número que había muerto en los ojos de la compañía. Sesenta segundos después el ruido inundó el aire y parecía cómo que nada hubiese pasado. Las personas continuaron con su trabajo y la máquina siguió funcionando, estuviese Alex o no.

R.A.Pastor

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