La naturaleza nos conduce por un camino predeterminado y nos seduce con repetir los mismos comportamientos de nuestros ancestros. Por más que uno trate de cambiar, siempre estará ese hilo jugando con nuestro cuerpo incitándonos a cometer los mismos errores de siempre. Algunos dirán que es parte de la naturaleza, otros dirán que es destino, pero no hay que sorprenderse cuando un dragón decida quemar todo a su paso.
Al final, la causa no es tan importante cómo los hechos, ya que nadie le pregunta a un huracán por qué destruyó una isla completa, sólo se preocupan por hacer el recuento de los daños. En un momento fue poseído por la ira y la impotencia y decidió contemplar cómo todo ardía en llamas. Quemando recuerdos, palabras, acciones y puentes en su camino.
Mientras estaba sentado rodeado de las cenizas de todo aquello que alguna vez amó y decidió destruir, se dio cuenta que la raíz de toda la destrucción no radica en la división entre amor y odio que sentía por esa persona tan especial. Debajo de todos los residuos carbonizados notó que el origen es desde su miedo. Pánico de que la historia termine y al final el dragón vuelva a estar solo mientras celebran su derrota con un beso que durará hasta que ambos sean felices para siempre. Quizá lo único que quería el dragón era convertirse en el protagonista heroico en vez del antagonista malvado.
R.A.Pastor
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