Conforme fue creciendo su cerebro entendió que en el país tropical en que vivía tenía la bendición de estar a una hora de distancia de un volcán y de la playa, que podía ser sorprendida por un temblor o un huracán pero que la nieve nunca iba a ser un regalo para navidad. Eso no mató su sueño, sino que se convirtió en el combustible para cruzar las fronteras y buscar copos de nieve.
Apenas salió del colegio, entró a los peores trabajos con tal de ahorrar lo suficiente para salir del país. Soportó atender malagradecidos que se quejaban de su comida, escuchar llamadas de extranjeros gritando por no recibir sus pedidos y hasta soportó ser asistente de un viejo pervertido. Cada moneda contaba con tal de poder cumplir su meta.
La aventura apenas estaba iniciando cuando decidió dejar su país atrás y empacar su vida para empezar de cero en un país nevado. Los detalles los definiría cuando llegue a su destino, por el momento sólo tiene que preocuparse por el trayecto. Las horas se sentían interminables mientras cruzaba el Atlántico pero conforme fue acercándose a las montañas no pudo contenerse.
Muchos dirían que sólo un comehuevos reacciona de tal manera, pero en ese momento, en su asiento de avión, comenzó a llorar como nunca lo había hecho. Sus lágrimas no eran saladas por dejar su vida atrás sino eran dulces porque estaba más cerca de su sueño. Tanto trabajo finalmente dio los resultados que ella tanto quiso.
R.A.Pastor
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